martes, 9 de mayo de 2017

El abrazo de la vida


Aquel libro, definitivamente, me abrió los ojos. En él se hacía referencia a una costumbre milenaria de una tribu africana, de nombre impronunciable, en la que los enfermos sanaban de ciertas enfermedades transmitiéndoselas, mediante un prolongado abrazo, a los árboles. La cosa, a priori, no parecía nada fácil ya que el abrazo en cuestión iba precedido de un ritual animista que el libro no explicaba suficientemente, por lo que todo, ante mí, quedaba abierto al terreno inagotable de mi imaginación.
Lo que sí quedaba patente, o al menos así lo percibí yo, era la importancia de elegir bien al árbol sanador; si el enfermo se equivocaba de árbol no habría curación posible. Según el rito ancestral, los árboles absorben la enfermedad, liberando así al enfermo de su mal, y como consecuencia de su solidaridad, al poco tiempo se acaban secando. Por el contrario, cuando el árbol no acepta la enfermedad el que sucumbe es el enfermo. Lo de elegir al árbol adecuado lo describen como un amor a primera vista, a veces fluye la química y se acierta, y otras veces no.
A todas luces, para una persona en sus cabales, esta leyenda tendría tanto de folclore como de magia, y adolecería de la mínima lógica que nos llevara a pensar en que algo así, tan ancestral, pudiera curarnos ni de un resfriado. Sin embargo, como les decía, para mí fue toda una revelación. 
Evidentemente, una persona afectada por una enfermedad incurable, abocado sin remedio a la oscura humedad de una fosa, sería capaz hasta de hacer un pacto con el diablo con tal de alargar sus días de la manera que fuera.
Así que, sin decir nada a nadie para que no me tomaran por loco, agarré mi coche en la dirección que primero se me ocurrió, y no paré hasta que me tropecé con el primer bosque delante de mis narices.
El día estaba soleado y el cielo exhibía un color azul como de cuento de niños. En aquel paraje, a parte de unas cuantas urracas, y unos pocos y nerviosos arrendajos, poco más había. Miré hacia la masa forestal como haría un jugador apostando al todo o nada en la ruleta rusa de un casino de provincias. Delante de mí, entre cientos de ejemplares de roble, al lado de un pequeño riachuelo, lucía un único y hermoso sauce llorón. Su presencia me hizo pensar en que alguien, hacia bastante tiempo, habría decidido plantarlo ahí por alguna razón, ya que ese tipo de árboles no son autóctonos de la zona y, por tanto, no suelen nacer de manera espontánea.
Tanto el sauce como yo eramos dos intrusos en aquel relicto robledal. Esa enigmática coincidencia fue la que me llevó al convencimiento de que ese árbol era el único en el mundo capaz de sanarme. 
Sin saber muy bien lo que debía de hacer, pero dejándome llevar por un instinto que afloraba incontrolable desde mi interior, me arrojé al suelo con los brazos en cruz frente a ese árbol y comencé a recitar oraciones que desde niño no había vuelto a recordar pero que, de manera sobrecogedora, se articulaban en mis labios, como si nunca las hubiera olvidado, como si permanecieran durante décadas aletargadas en mi interior, esperando el preciso momento para salvarme.
Tras un lapso de tiempo que no sabría calcular con precisión, un tanto aturdido, me levanté y me abracé con fuerza al tronco de aquel sauce. Mi cara rozaba la rugosidad de su tronco. Un olor, mezcla entre clorofila y humedad, inundó mis pulmones, lo que provocó que se abrieran de par en par. El grosor del tronco era tal que mis brazos no llegaban a abarcar la totalidad de aquella mágica circunferencia arbórea. No sé bien qué pasó. No sé si realmente yo estaba consciente o no. Tan sólo recuerdo sentir como, en un momento dado, mis venas convergían con sus xilemas y mi sangre pasaba al árbol y su savia recorría todo mi cuerpo. Aquella especie de diálisis mística me generaba un bienestar tan sólo similar al de un lactante mamando de los senos de su madre. La madre tierra, a través de aquel sauce llorón, me estaba rescatando, me estaba ofreciendo una segunda oportunidad. Eso recuerdo que sentí.
Desperté, varias horas después, a los pies de aquel sauce. Los papeles se habían cambiado y ahora el llorón era yo y el sauce parecía reír. Al menos, y no me pregunten cómo, yo lo sentía feliz.
Durante las semanas sucesivas, en las que yo no noté ningún cambio significativo en mi salud, pasé varias veces a ver cómo seguía el sauce. En realidad, deseaba verlo amarillear. Deseaba, de manera imperiosa, que comenzara a doblegarse, a rendirse. Añoraba ver como sus hojas caían, ver como la podredumbre comenzaba a destrozar su valiosa y apreciada madera. Deseaba atisbar alguna señal que me llevara a pensar que mi curación estaba en camino, pero no fue así.
De hecho, ya han pasado varios meses desde aquel suceso y tanto él como yo seguimos aquí. La verdad, no sé ustedes, pero yo no sé qué pensar.

17 comentarios:

  1. Lo estoy imaginando, y qué intenso me parece lo que dices, abrazar con fuerza al tronco y sentir la sangre pasar al árbol y su sabia a al cuerpo, sentir la energía y la vida, llenarse de tanto, me parece maravillosa esa escena, yo nunca me abracé a un árbol pero conozco gente que lo ha hecho y dice sentirse muy bien.

    Cómo me gusta pasar a tu blog a leer tus relatos.

    Muchos besos.

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  2. Por algún motivo que no sé explicar,los árboles siempre me han llamado la atención ,los he tocado,los he fotografiado,los he observado...LOS árboles tienen su propia historia.
    EN mi tierra los robles son autóctonos,pero los sauces,aunque los hay,no lo son y es entonces cuando tu mirada se fijó en el extraño y os unistéis en oración los dos.
    TAl vez el árbol necesitaba un mimo de tu sangre y tú sentir su savia .
    Las leyendas ,aunque no sean reales,tienen algo misterioso.
    Me gustó el relato
    Besucos

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  3. Jamas habría imaginado tal transfusión de un árbol y un humano casi casi tu relato paso como una película en mi mente,quizás ese Sauce no era el indicado, deberías de buscar algo mas sencillo , ese sauce tal vez es muy vanidoso,aunque puedo decirte que lo mas importante de Todo es que ambos están aquí y esa es la decisión de Dios,quizás debemos dejar de llorar y orar mas!... excelente relato,muy profundo pude oler la humedad y la clorofila,me encanto.Disfrutemos la vida diariamente . un abrazo,Dios te ama Pepe.

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  4. Y pensar que todo comenzó con un libro. En esta ocación fue un abrazo de los inolvidables

    Besos y feliz día !!

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  5. Hola Jose , no es por nada pero esto que nos cuentas esta muy bien y puede ser que sea veridico y funcione , pero eso no es como la " Purga de Benito " que te abrazas al árbol y por la mañana , ya estas curado , no hombre no esto lleva su tiempo ,a lo mejor dentro de unos 6 o 12 meses puede ser que te hayas curado , yo creo que es más el tema de la creencia , si tines fe en eso pues puede ser que de resultado , ahora lo que tienes que vigilar es si últimamente lloras muy amenudo , y sin ningún motivo , entonces es señal segura de que tú árbol el sauce llorón a dejado de llorar , por que se han invertido los papeles.
    Ya nos contaras como termina todo , me a gustado mucho tu entrada , por que es muy emotiva y tierna , te deseo un feliz miécoles , besos de Flor.

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  6. No me he abrazado al árbol pero siento entre mis venas la savia salvadora de la que hablas.
    Solo sé que no sé nada pero sí pienso que un árbol podría curarme.
    Pero como no sé con qué árbol me podría abrazar lo más probable es que me confunda.

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  7. Qué bonito Jose, me has recordado un libro que en su día relataba como había bosques en los que los árboles llevaban el nombre grabado de quienes habitaron en el pueblo, otorgándoles de ese modo personalidad.
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    Besos

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  8. Muy bonito te felicito, todo no sabemos escribir con esa clase y delicadeza; perfecto.

    Abrazo.

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  9. Te vas a reir pero yo tengo mis arboles favoritos en Samarkanda a los que me abrazo durante un rato...
    Procuro hacerlo al anochecer porque antes la gente me miraba y se reía... Ignorantes, no saben que los arbiles son seres vivos, les encanta que los abraces, los acaricies y les hables... No, no me he vuelto loco, me reconocen y me saludan con las ramas y las hojas.
    Te los presentaré cuando vengas a visitar estas tierras.

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  10. Te quedó exquisito tu relato, esa conexión e intercambio árbol y ser humano, de vida. Con un final para pensar que hubo curación sin que saliera muerto el árbol. Bueno, yo me voy por elegir ese final.
    Mmm... te confieso, yo amo a los árboles y los abrazo, desde niña. Ya mero me salen raíces, ya anidan los pájaros en mis ramas, jajaja.
    Un abrazo.

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  11. Me encantan los árboles.
    Y tu relato me ha parecido precioso.
    Un abrazo.

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  12. Hermoso relato. Yo abrazo los árboles y noto su energía, alguna vez he llorado por más de un árbol. Esa antigua tribu era muy sabia. Abrazo de salud arbórea.

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  13. Es una imagen muy lírica la de tu diálisis hombre-árbol. No sé qué tanta justicia hay en pasarle al árbol lo que nos aqueja, y verlo secarse poquito a poco...

    Saludos!

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  14. ¿Tal vez el ritual estaba mal descrito en el libro? Al menos ambos parecen estar "bien".

    Saludos,

    J.

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  15. que bello lo que leen tus ojos y tu mente describe

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  16. Como bien lo titulas, el abrazo de la vida. Dan ganas de no soltarlo nunca.

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  17. ¡Qué bien si eso fuese así!
    Salu2.

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